10 de Julio de 2017 | 5 min

‘Slow movement’: una tendencia en auge, una oportunidad de diferenciación

Tras el ‘fast movement’ nace el ‘slow movement’ en una sociedad cada vez más consciente.

Vivimos en un mundo acelerado. Cada vez hacemos más cosas en menos tiempo. Corremos para coger el autobús o el tren, comemos más rápido aún, nos tomamos el café de camino a algún lugar e intentamos aprovechar el tiempo hasta ocuparlo de forma excesiva. Lo queremos todo y lo hacemos de prisa. Muchas veces, más de lo que podemos abarcar. El capitalismo y la sociedad de masas han acentuado esta cultura de la inmediatez y nos han convertido en esclavos del tiempo.

El slow movement como estrategia de marca.

Es por ello que en 1986 surgió el movimiento ‘slow food’, de la mano del italiano Carlo Petrini, que denunciaba la homogeneización a la que nos estaba llevando la comida rápida. Más adelante, este movimiento se convirtió en un concepto más amplio: el ‘slow movement’. Un movimiento ideológico y cultural que defiende la importancia de la calidad, la amabilidad, la humanidad y la apreciación de las cosas simples y tradicionales.

Este movimiento ha llevado a otros como el ‘slow cook’, ‘slow life’, ‘slow travel’, ‘slow hotels’ o ‘slow education’. Todos ellos se centran en preservar la cultura y las tradiciones de los lugares. En dedicar tiempo a hacer las cosas, en dañar lo menos posible nuestro entorno y en disfrutar de los pequeños placeres de la vida.

Coger las tendencias para generar negocio

Con la llegada de esta tendencia en auge, muchos negocios (e incluso ciudades) han visto una gran oportunidad. Actualmente podemos encontrar supermercados que centran su propuesta de valor en los productos de proximidad o Km0 como Bon Preu; cadenas de hoteles que han creado su posicionamiento en el ‘slow travel’ como el hostal La Gavina de la Costa Brava; nuevos negocios como el de Airbnb que proponen vivir una experiencia cercana a la de un ciudadano; e incluso ciudades ‘slow’ como Begur o Pals.

Los ciudadanos cada vez son más conscientes de la inviabilidad del ritmo frenético que vivimos y de las consecuencias de un consumo insostenible. Son sensibles a las posturas que ejercen las marcas y, en muchas ocasiones, decantan su elección hacia una u otra en base a ello. Ya lo vimos en ‘Responsabilidad Social Corporativa como creadora de valor’. Según el ‘Informe Forética 2015 sobre el estado de la RSE en España: Ciudadano consciente, empresas sostenibles’, uno de cada dos españoles afirma haber elegido un producto en base a criterios éticos. Además, un 38% estaría dispuesto a pagar hasta un 9% adicional por un producto más responsable.

Por esta razón, las marcas no pueden dejar escapar esta oportunidad de generar una propuesta de valor que conecte con sus usuarios a través de su ideología. Diferenciarse por afinidad ideológica no es sólo cuestión de posicionarse con comunicación. Consiste en modificar el ‘core business’, la esencia de la marca y el negocio, para transmitir una actitud o posición frente a los sucesos sociales y culturales. Hay que perder el miedo y casarse con lo que la empresa cree, haciéndolo visible a todos los niveles.